Nadie dijo que iba a
ser fácil, de hecho nada que valga la pena es fácil, pero todo debe valer la
pena día a día, no se trata de tener objetivos o metas, es algo más profundo y
verdadero que eso. Se trata de sensibilizarnos hasta el máximo y tener la capacidad de apreciar el mundo que
nos rodea y de todo eso elegir lo más importante.
Naturalmente nuestras
acciones son por aquello que creemos es más importante, siempre es así, pero a
veces la vida exige más de lo que consideramos, y resulta que las cosas no son
como quisiéramos que fuesen.
Aun así, continuamos deambulando
por este espacio y tiempo, a veces nuestra existencia se perturba a ella misma,
infinidad de interrogantes invaden nuestro pensamiento, y éste aplica
un juego macabro en nuestra contra, que resulta lastimando precisamente a
aquello que nos importa y a nosotros mismos.
Y, ¿por qué las cosas
no son como esperamos?
Una de las razones es
porque las circunstancias que nos rodean no son de lo más favorables, hay
personas que se encuentran en situaciones que difícilmente se les
ve una solución; pero, otra de las razones es porque dejamos que los problemas
que se nos presentan tengan más peso emocional sobre nuestras vidas, y
terminen ocupando el lugar que deben tener las cosas que le hacen un bien a nuestra
minuta existencia.
Terminamos remplazando
los puestos que ocupan las cosas importantes de nuestra vida, por nuestros
problemas cotidianos, hasta que finalmente acabamos olvidando aquello que nos
motiva y finalmente terminamos olvidándonos.
Vivimos en un estado
letárgico, en un punto ciego, en una inercia absurda.
Y entonces lo que hay
que hacer es comenzar otra vez: en la vida se puede iniciar un
millón de veces, es cuestión de retroceder un poco y buscar la misma alegría que teníamos
cuando éramos niños, aquella humilde, sincera y natural risa que invadía cada célula de
nuestro ser.
Ese inconsciencia en la
que nos acostumbramos a vivir hace que poco a poco abandonemos nuestras
pasiones, y es, entonces, cuando entra la resignación amarga, y aceptamos ser
simples mortales.
Y… ¡a la mierda todo!
No tiene sentido darle
tanto peso a nuestros obstáculos cotidianos.
La felicidad no es
algo que se deba de alcanzar, es sólo un estado, como lo
es la tristeza, el enojo, cada sentimiento que
nos acompaña a lo largo de nuestro día.
Sólo hay que aceptar
nuestra defectuosa existencia y amarla.
No hay Dios que nos
pueda ayudar en esto, no hay nada que venga a solucionar nuestros problemas, estamos
completamente solos.
Estamos más solos que
una partícula de energía aislada en el vacío, aunque vivamos en sociedad: siempre vamos estar
solos, todo nuestro pasado, presente y futuro es solos, nadie en este lugar te comprenderá
jamás al cien por ciento, ni nosotros mismos logramos comprendernos. Pero esto,
no tiene nada de malo, ¿por qué tiene que ser malo?
Es sólo aceptar lo más
evidente, entonces cuál es el fin de esto.
En realidad no tiene
ningún fin.
Yo creo que se vale
estar enojado por las injusticias que se comenten en nuestro planeta, en
todas sus expresiones. Se vale llorar por ello también.
Pero creo que lo primero que debemos razonar es que, para comprender mejor esto que llamamos realidad, hay
que abrirnos al cosmos que nos rodea: desde una simple hoja, hasta una astro
lunar o más, es aceptar que todos formamos parte de esta existencia, y debemos apartarnos de vivir tan estúpidamente.
Debemos hacer lo que
nos gusta, lo que nos apasiona, es así como dejaremos de trabajar y de
malgastar nuestra energía en vano, debemos amar a la naturaleza a la que estamos
comprometidos a respetar, debemos aceptar que no somos los únicos,
debemos de defender el amor que es de lo poco que tiene de salvable el ser
humano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario